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EL “CODEGUAZO”

Me fui a cerciorar por mis propios ojos a la zona huasa, nada de cuentos.

Después de tantos voladores de luces, de tantos Pedritos y el Lobo anunciando la construcción de un autódromo-motódromo, había que poner en práctica, en plena Semana Santa, el “ver para creer” de Santo Tomás.

Camioneta en dirección Sur, con 2 periodistas y dos fotógrafos de la Revista, mientras avistábamos varios grupos de motoqueros que, de seguro, también iban a lo mismo.

Peaje cercano al Monticello y unos kilómetros más adelante, en el 69 de la Panamericana Sur para ser más precisos, doblar hacia el pueblo de Codegua  que, en alguna parte de nuestra existencia, habíamos pasado camino al centro turístico “La Leonera” en la VI Región.

Cuatro kilómetros hacia la cordillera y surcamos por las calles de Codegua, sin que ningún aviso aún (seguramente porque faltará algún permiso municipal o medioambiental) nos señale dónde se encuentra el “Autódromo Internacional”, el que tanto esperamos tras la muerte de Vizcachas.

Un par de giros hacia la izquierda y, de golpe y porrazo, las puertas del recinto para Prensa y Público. Casetas provisorias para emitir las credenciales o cobrar las entradas (¡Unas 5 mil en día domingo!)

Gente amable, del equipo de React Sports Producciones, indicándonos dónde dejar el vehículo y la forma de llegar al paddock donde están los teams, máquinas y pilotos.

Una pequeña laguna artificial nos recibe, al igual que una hilera de palmeras que algún día crecerán. Amplios estacionamientos –que pronto se harán chicos-, un túnel para coches autorizados conducente al paddock, una gradería para medio millar de personas (dicen que a su lado irán otras cuantas) y más hacia el oriente una pasarela para peatones autorizados que, dicho sea de paso, pueden sentir a tres metros arriba de la pista cómo pasan las motos a casi 300 por hora, en la recta larga, y el sonido que emiten.

Las construcciones están lejos de casas de fin de semana o poblaciones. Difícil que les llegue el ruido, pero de algo se quejarán, pónganle la firma.

Tras la pasarela, una torre gigante de transmisión con terraza (todo en una arquitectura moderna, que no debe envidiar a ningún autódromo europeo o norteamericano que hayamos conocido) y bajando, al centro de todo el lado Norte, zona de boxes (falta por terminar el segundo piso), área de comidas, más estacionamientos y baños…¡con artefactos italianos! , qué me dicen.

Una pista de 2.500 metros –para llegar finalmente a una de 4.500- a la cual, según los expertos, le faltaría una última capa (una última manito) para quedar como el de Australia o de algún otro complejo famoso.

Millones de dólares invertidos (y unos cuantos más por poner), en el sueño de 3 socios que, nos imaginamos, también querrán lograr ganancias, como el negocio que debe ser.

¡Gracias a ellos por ese esfuerzo!, por regalarnos la ilusión de un gran porvenir para nuestras motos, para los coches de alta competencia. Por darnos una pista para escribir en códigos de Moto GP

y Fórmula 1, dejando atrás el noble y viejo Pacífico

Sport de San Antonio

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